Calle sin salida

Pensar no tiene por qué ser un ejercicio placentero. Al revés que escribir para satisfacer como se pueda  fantasías y deseos. De hecho aplicarse al esfuezo de avanzar en el pensamiento honesto puede ser una tortura, un síntoma de masoquismo y de cierto desequilibrio psicológico. Pensando intentamos dar una solución a un nudo, a una dificultad de lo real, pero nos resistimos a que el resultado de esa elucubración  concreta sea incómodo, incongruente, inencajable con lo que pensábamos antes de ese esfuerzo. Sin embargo el resultado bien ceñido a la lógica y a cierta verdad no tiene por qué respetar nuestras ideas previas.La pereza intelectual puede ser un efecto del amor a nuestras convicciones.

Dejo las generalidades y vamos al grano.

La crisis pandémica se está sumando a los problemas irresueltos de la crisis financiera de 2008. Afloran las debilidades de Occidente y los límites del crecimiento de su modelo. Quizá el común de la gente no es  capaz de reflexionar en términos macroeconómicos y geopolíticos, pero si acusa la sensación de que la  promesa de crecimiento, de ascenso social y progreso generalizado está acabada. Esa  ruptura de expectativas no es cualquier cosa. Los ciudadanos occidentales desarrollaron una adhesión a sus sociedades, a su sistema político y ecónomico porque compartían el sentimiento de que eran  sociedades razonablemente eficientes, que el capitalismo tal como se desplegaba era fuente de conflictos pero también de riqueza, en definitiva, amor, apego e identificación no son solo pegamento entre individuos. Se pueden sentir por tu sociedad, por su forma de gobierno. Esta identificación y esperanza explican la escasa penetración política de alternativas  a izquierda  (comunistas) o derecha ( fascistas) que cuestionaran la raíz del estado de las cosas. 

Es sencillo, si tu país tiene futuro abre la puerta de un buen futuro para ti  y tu familia. 

Las crisis sucesivas han desconectado, sin embargo  a las clases medias occidentales del ascensor social.  Las élites económicas han despegado y se han independizado de sus raíces nacionales, son una clase global que prospera en otra dimensión, y a salvo de la peor pesadilla de los trabajadores occidentales: caer en la escala social, la pobreza, el cierre del futuro para los hijos.

La destrucción de esta expectativa de progreso tiene como consecuencia lógica, ya se ha dicho frecuentemente, el aumento de las opciones políticas que estaban en los márgenes, más radicales. El gran error de los partidos de izquierda es dar por hecho que esta frustración colectiva va a manifestarse en los mismos términos de interpretación de la realidad ( quién es el culpable, cuáles son los remedios ) que son los del tradicional recetario político izquierdista ¿por qué  tendría que ser necesariamente así ?.

 De lo que se lamenta el votante es de la pérdida de algo que consideraba suyo, ese algo era esa sociedad progresiva, razonablemente meritocrática y también despreocupada, ese lugar le ha sido robado, y  genera su furia y orienta su voto.  ¿ quién ha sido ese ladrón del futuro? el trabajador común no va a elaborar la respuesta a esa pregunta desde el mismo lugar que un politólogo.  

Su añoranza política se orienta, precisamente , a recuperar un pasado prometido, no a inventar un futuro nuevo.  De ahí  su dificultad a la hora de adherirse a programas que colocan en primer lugar conceptos como la sostenibilidad,el feminismo o las nuevas relaciones laborales desde la óptica de las nuevas tecnologías, de ahí su manifestación electoral conservadora: sse ha manifestado en el triunfo del Brexit o el éxito de Trump.  Los británicos miraban atrás cuando decidieron parar su integración con Europa, los americanos se aferran a una imagen de América amenazada cuando rechazaron a la liberal Hillary Clinton.  Ellos quieren recuperar su lugar en una vieja sociedad añorada, la del empleo fijo, los sueldos suficientes, las viviendas accesibles, el avance social de los hijos; frente  a ello  la aceleración del mundo que puede asociarse a propuestas liberales y progresistas, es vista con creciente desconfianza.

Aconsejo leer de vez en cuando foros de extrema derecha: ir un poco más allá del rechazo que provocan su afición al bulo interesado, el odio generalizado, la ignorancia. Su enemigo es una hidra enorme dotada de muchas cabezas que abarca desde el globalismo neoliberal que acaba con los pequeños comerciantes y los viejos oficios a la amenaza a viejas tradiciones e identificaciones que ellos  ven en el feminismo o el ecologismo. Confunden causas con consecuencias, actores con víctimas, pero su reacción visceral es el rechazo a esta transformación veloz de su entorno por procesos que saben que las viejas palancas nacionales y comunitarias no sirven para combatir esta aceleración.

Las sucesivas olas de inmigración económica antes de ser políticamente traducibles en términos de solidaridad de clase (como si hubiera una sola clase trabajadora, como si las clases fueran una sólida roca, casilla de llegada y no el fruto  de múltiples determinaciones ) son vividas en la inmediatez cotidiana de la degradación de los barrios, la competencia por empleos cada vez más escasos y por prestaciones sociales en constante retroceso. 

El éxito de la ultraderecha, de Vox en el caso de España , es que se despliega como respuesta a una amenaza hacia lo propio, lo conocido: por ejemplo, si la apropiación de la bandera española ha tenido tanto éxito fué (además de que por razones históricas: la izquierda nunca se sintió cómoda con la bandera borbónica) porque irrumpió el proceso de independencia unilateral de Cataluña y la amenaza de ruptura súbita de lo que se sentía emocionalmente como un patrimonio familiar heredado generacionalmente, la nación española. 

Si la nueva izquierda española , es decir Podemos padece un descenso continuado de votos es, entre otras cosas, porque  las campañas contra ellos han conseguido revertir su imagen pública de  potencial palanca de cambio a una amenaza como cambio indeseado. Las derechas han alimentado y aprovechado esa percepción, la insistencia aparentemente ridícula en la venezolanización de España  trata de alimentar ese miedo a lo desconocido no querido.

Una sociedad igualitaria ante los sexos y las opciones sexuales, la perentoriedad de políticas que palien el inevitable calentamiento global, etcétera, tienen que asumirse por pura necesidad, por justicia y salud pública. Pero escuchen: el reenganche sentimental con las clases medias trabajadoras no va a conseguirse por allí. Lo revolucionario será reivindicar curiosamente cierta vuelta ( siempre mítica, porque hablamos de relatos) , a una sociedad donde el esfuerzo personal, el cumplimiento de las normas, la honestidad personal y social rendía sus frutos colectivos e individuales.  Donde la ciudad, y el pueblo era un entorno estable y de actores económicos conocidos, controlables, comprensibles. 

Donde el futuro vuelva a ser una posesión colectiva.

Es, repito, un relato mítico porque nada puede repetirse tal cual fué. Habrá de  modelarse ante realidades inflexibles. Por poner un ejemplo, los niveles de consumo y despilfarro de esa sociedad feliz de hace tres o cuatro décadas sabemos que son insostenibles.  Las fuerzas del cambio son demasiado potentes, pero el miedo y el deseo que brota de esta demanda tienen que ser escuchados.

 Porque si no se hace otros lo harán. 

De hecho otros ya lo han hecho: la figura retórica  preferida de la ultraderecha podría calificarse como la  Metonimia inversa, o la metonimia mentirosa: subrayan una parte para ocultar el todo. Por ejemplo, claman contra los MENAS o los inmigrantes musulmanes que llegan en patera pero silencian el beneficio de los empresarios ante los miles de inmigrantes latinoamericanos que permiten negociar salarios a la baja. Se quejan de las ocupaciones pero callan ante la destrucción urbana especulativa y la expulsión de miles de españoles del acceso a la vivienda. 

En definitiva, utilizan síntomas  y efectos parciales de los desastres que amenazan a las depauperadas clases trabajadoras , y que son sufridas por ellas sin que se sientan 

escuchadas para señalar como culpables a otras víctimas de la misma globalización neoliberal. 

Pero el éxito de su táctica reside  en que, se presentan como receptivos a esta angustia  de trabajadores amenazados por una degradación social de la que nadie les previno, y  hasta el día de hoy nadie les protegió.

La política pública en sociedades como las  nuestras,  amenazadas y probablemente en declive,  están muy afectadas por las emociones: la esperanza, el miedo, el peligro. Quizá alguien deberia escuchar y darles alguna respuesta que no sea una mentira piadosa (“saldremos mejores”), o una incitación al odio del diferente.  

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