Madrid bien vale una Púnica: la ingeniería social conservadora en la C.A.M.

Hay sensaciones desasosegantes, un malestar difuso que no te impide vivir pero te hace sentirte extraño en tu pellejo. 

Por ejemplo, cada vez que veo a Isabel Díaz Ayuso ejerciendo de presidenta de mi comunidad autónoma, brota esa sensación de incredulidad.

¿Pero cómo es posible, por qué senderos del azar y del caos un ser tan manifiestamente limitado, sin carisma, desconocida por todos hace unos meses,  sin capacidad de expresarse, sin presencia y con esa cara de permanente estupefacción (la suya, la nuestra) ha llegado hasta allí?  Porque la gente la ha votado, me dirán.  Porque hay cientos de miles de mis vecinos que la han votado y no les importa, o les importa menos, o les importan más otras razones. 

Votan a siglas y no a personas me dirán unos. O que con tal de que no gane la izquierda son capaces de hacer presidente a un Ficus Benjamina, contestarán otros.

Para muchos de los que nos asombramos, la corrupción brutal del Partido Popular debería ser una razón decisiva para que este partido no tocara poder en décadas, pero olvidamos que ha sabido hacer uso muy eficiente de su poder, que el coste de la corrupción bien les ha valido el beneficio obtenido. El PP se hizo con el poder desde el inicio con métodos mafiosos, recordemos que es el tamayazo de 2003 el que coloca al PP en esta deriva conocida.   Pero el beneficio del poder no es el sólo el del ejercicio de los cargos y sus prebendas, es mucho más importante que eso, es el haber sido capaces de  ganarle la batalla cultural a la izquierda entre las clases medias madrileñas de tal modo, con tal contundencia, que se pueden permitir, precisamente, presentar a alguien tan inane como la Ayuso y aún así  encontrárnosla instalada en el edificio de la Puerta del Sol.  Recordemos que esto no tenía porqué haber sido así. El primer presidente elegido en la comunidad fué socialista.     

Desde fuera de la comunidad de Madrid podría parecer que dirigir una administración con competencias limitadas, si las comparamos con otras como Cataluña o Galicia no permite mucha ingeniería social, pero después de 15 años de gobierno conservador parece evidente que sí se puede influir decisivamente  en las formas culturales dominantes en una sociedad.

¿Y como se hace esto? pues gestionando la forma en que se desarrolla la vida cotidiana de las personas desde lo más básico: dónde vives, cómo educas a tu hijos, cómo te relacionas con  tus semejantes.  Si puedes moldeare aspectos tan primarios de la vida de las personas  el impacto en su forma de pensar y votar es inevitable.

Como escribía  Fernando Caballero Mendizabal en un artículo para El Confidencial unos días después de las elecciones municipales de mayo (1)  “planificar cómo son nuestras ciudades y nuestras casas significa planificar cómo vamos a vivir, cuáles van a ser nuestras necesidades y prioridades, nuestros intereses del día a día y por lo tanto nuestra forma de pensar. ¿Vamos a necesitar coche porque no hay comercio de proximidad? ¿Vamos a bajar al jardín o a la piscina del edificio o tendremos que ir a una plaza o al polideportivo municipal?” .

 El Partido Popular ha gestionado el suelo, la planificación urbana, la educación, los transportes y la sanidad de una forma que ha extendido un tipo de vida entre las clases medias cercana  a los suburbs estadounidenses. Si no exactamente igual que los americanos blancos de clase media de estas zonas residenciales, el modelo de vida que se ha extendido alrededor de Madrid lo recuerda en muchos aspectos.    

El centro de Madrid  se gentrificaba y envejecía, mientras que los antiguos barrios obreros del sur de la capital sufrían un  proceso de sustitución poblacional  de las antigua clase obrera autóctona por la masiva llegada de inmigrantes de fuera del país. Y mientras tanto, más allá de la ciudad,  las nuevas clases medias se lanzaban  a habitar los nuevos PAUs, los ensanches, o  las urbanizaciones de  adosados que proliferaban como setas en todas las ciudades dormitorio de alrededor.

Las necesidades educativas y sanitarias de este anillo de nuevas viviendas, construidas durante los años del boom inmobiliario, fueron cubiertas según el diseño liberal por concesiones a empresas privadas o dejadas a la fuerza libre del mercado. El PP impulsó la enseñanza concertada, mayoritariamente religiosa, a la vez que se abandonaba la educación pública: esta política produjo un efecto perverso en las clases medias, que abandonaron el sistema público ante su degradación y  su estigmatización como un sistema subsidiario para perdedores e inmigrantes. Si querías que tus hijos se relacionaran con personas como tú, españoles, de clase media, con ambiciones profesionales,  había que huir de un sistema público en lento colapso. De esto modo, la política educativa del PP  ligaba inconscientemente la educación “de calidad”, la tradición católica, con la discriminación de clase  y las aspiraciones de progreso de las clases medias.

Muchas de las nuevas viviendas de los años del boom, sobre todo en los PAUs de Madrid capital siguieron el modelo franquista que permitió a millones de españoles hacerse propietarios a través de figuras de protección como las VPOs Y VPPs:  las administraciones públicas contribuían con suelo y fondos públicos a la construcción de miles de viviendas que convertirán a sus habitantes en orgullosos propietarios al cabo de cierto número de años. Digamos que la vieja queja  izquierdista de la privatización de lo público se veía aquí  respondido por su generalización como forma de convertir a los trabajadores desposeídos en propietarios.

Junto a estos procesos micro se daban procesos macro de discriminación espacial en la  Comunidad: las diferencias de renta entre el norte y el oeste, la zona rica , y el este y el sur han crecido.  O en el transporte: mientras que la construcción de nuevas líneas de trenes de cercanías se paralizó hace años,  la comunidad se vió cruzada de decenas de kilómetros de nuevas autovías, de peaje o gratuitas, los enormes costes ambientales se volvieron invisibles.

 El uso del coche como derecho inalienable está grabado a fuego en estas nuevas clases medias del extrarradio, lo que se entiende perfectamente dada las carencias del transporte interurbano público. El rechazo visceral contra Madrid Central de la derecha tiene que ver con esta necesidad  de asegurar a su electorado que la apuesta por el coche privado era ganadora.  

A pesar de la crisis,  el partido popular ha conseguido en Madrid asociar su proyecto de sociedad “liberal” al éxito, a una mejora en la calidad de vida, mientras que para gran parte de esa clase media que se ha podido zafar de las peores consecuencias de la debacle de 2008 el voto a la izquierda está asociado al voto de los perdedores, de los que han tenido que quedarse en sus antiguos barrios, cada vez más degradados y transformados por los efectos locales de la globalización: inmigración, destrucción del pequeño comercio, uberización de la economía.

Es  curioso,  uno de los resultados a largo plazo del estado de las autonomías de la constitución del 78 ha sido permitir a los partidos políticos hegemónicos en cada una de ellas implementar políticas exitosas de ingeniería social, de forma que igual que se acusa, con gran parte de razón, a los partidos nacionalistas catalanes o vascos de haber utilizado las instituciones autonómicas para educar a las nuevas generaciones en sus relato particular y así  consolidar sus dominancia electoral a largo plazo, en comunidades no históricas como al madrileña el sistema autonómico también ha facilitado a la derecha española inducir la creación de una cultura política derechizada, que le da solidas opciones electorales independientemente de los problemas que su corrupción  sistemática les inflinga.

La trama Púnica y sus derivaciones permitieron al Partido Popular engrasar con millones de euros una maquinaria electoral que no tenía rival. Este dinero permitió, parece ser, no sólo apabullar a los rivales durante las campañas, si no hacerse  con un dominio casi total de los medios de comunicacion en  toda la comunidad, desde prensa escrita a radio y televisiones. Baste como muestra el reparto que hizo Esperanza Aguirre de los nuevos canales de TDT: El grupo PRISA, el primer grupo  de comunicación del país se quedaba sin emisora, mientras que se le adjudicaba un canal a una desconocida 13TV, directamente vinculado a la Conferencia Episcopal, y otro a Intereconomia, una pequeña emisora de radio entonces, ahora canal al servicio de Vox.

El éxito en construir “sociedad”  en las distintas comunidades autónomas no es sólo pues de los partidos de las  comunidades históricas, no es necesaria ninguna mitología nacionalista para ello.  La decisión de cómo y dónde viven los ciudadanos, qué opciones educativas, sanitarias, habitacionales, de transporte  tienen,  junto con un dominio casi absoluto de los medios de comunicación que delimitan de lo que se habla y lo que se silencia, funciona más allá del viejo truco de las identificaciones nacionales o regionales.

Y que el comportamiento electoral en España entre las distintas comunidades sea cada vez sea más divergente es una consecuencia  lógica de este éxito en la conformación de las sociedades.

Decía el filósofo francés Foucault que cuando pensamos en el poder se nos viene a la cabeza fácilmente su lado represor, destructor de la vida. Pero se olvida que el poder tiene una enorme capacidad creativa, de generar nuevas formas de pensar y de vivir, de transformar la vida y la mente de las gentes.

Supongo que Esperanza Aguirre, retirada en su palacete escondido en el barrio de Malasaña de la capital  puede estar satisfecha. Aunque la procesen,  aunque tenga que sentarse en el banquillo, puede decirse  a sí  misma que Madrid bien valió una Púnica.

  1. “Por qué Madrid es de derechas”  , Fernando Caballero Mendizábal, El Confidencial, 09/06/2019.

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